PELICULEROS

martes, 9 de abril de 2013

Diez meses ...


Como casi todo lo que tiene algo de importancia en mi vida, en esta ocasión el cine también jugó un papel clave en lo que pasó. Bueno, si a eso se le puede llamar cine ... porque el 'origen' de todo, el desencadenante de los soplos en la nuca, la tuvo mi peor trabajo detrás de las cámaras, 'Placer'. El cortometraje del que más me avergüenzo fue, sin embargo, el causante de un mail en mi bandeja de entrada que venía a decir algo así: 'he visto tu trabajo y me ha gustado mucho, me ha removido. Enhorabuena'. Nada especial pero uno siempre tiene curiosidad, mal llamado eufemismo para un ego de mercadillo y saldo, por saber cómo una persona acaba dándose de bruces con tu trabajo y me armé de valor para preguntarle al chico de la barba que por qué había visto mi corto y no cualquiera del trillón que inundan internet con muestras mucho mejor que mi fracasada obra. La respuesta fue, cuanto menos, curiosa: uno de los actores de 'Placer' era su vecino y comprador habitual de la tienda donde trabajaba. Un día entablaron conversación y el actor le dijo que era .... pues eso, actor, así que el dependiente llegó a su casa dispuesto a buscar trabajos del cliente reconvertido ahora en misterioso hombre de las mil caras y así, tecleando su nombre en internet, llegó a mi historia. El nombre, y el póster con tres cuerpos desnudos follando, hicieron el resto ... eso era más que suficiente para activar un mínimo interés y poder dotar al cliente no sólo de cara y cualidades interpretativas sino también de cuerpo, atributos masculinos y sexualidad sudorosa.

Y en lugar de escribirle al actor, o comentárselo al día siguiente entre cobro y cobro de leche y condones, el chico de la barba y los ojos bonitos decidió escribirle al director, a mí, para decir que el corto le había gustado y le había removido.



Nueve meses después de aquel mail, yo me asomé al balcón de mi casa de Madrid. Mi perro, Pumba, se colaba entre mis piernas para intentar ver algo, me notaba nervioso y él se ponía aún más hiperactivo de lo que suele ser. Empezó a ladrarle a un Peugeot blanco, viejo, que estaba mal aparcado sobre la acerca un par de bloques a la derecha del mío. Fuera del coche, apoyado en la puerta, estaba el chico de los ojos bonitos pero sin barba, afeitado por completo, luciendo una camiseta de la novia de Frankenstein. Lo primero que pensé fue que se la había puesto para impresionarme, rollo 'a éste le gusta el cine, pues yo me planto encima la prenda más cinéfila que tenga para dejarle KO'. Me dio cosilla, me entraron ganas de decirle que sólo hay una cosa que me de más pereza que los monstruos de la Universal: las camisetas prefabricadas del Pull and Bear. Y él llevaba ambas cosas en una sola ...

Le saludé con la mano pero no me vio, le grité y no me conseguía localizar a pesar de que era de madrugada y un perro junto a un rubio histérico y chillón en un balcón de Lavapiés no pasan demasiado desapercibidos. Así que bajé corriendo, salté las escaleras de tres en tres y me planté delante del chico que acababa de empezar sus vacaciones y se iba de mochileo durante dos semanas por España. La primera parada era Madrid, sólo un par de días para coger fuerzas y dejar que su barba le creciera de nuevo porque en su trabajo le prohibían llevarla. Nos saludamos ...

Siete días después, su barba picaba un poco. Pero era un picor agradable, terapéutico, curativo ... Aunque mi cama era diminuta, nunca había sido capaz de dormir con alguien tan bien como con él. El sexo nunca había sido tan bueno, los silencios jamás habían resultado tan cómodos ni una respiración en la nunca tan especial. La barba seguía creciendo y el chico de la camiseta de la novia del monstruo aún no había iniciado su viaje por España.

Diez meses después seguimos escribiendo el guión de esta historia ...