PELICULEROS

lunes, 1 de abril de 2013

Botines que aprietan ...


Cuando Paco se mudó de Málaga a Madrid me llamó para contarme que había encontrado piso justo al lado de donde Leo Macías no podía quitarse los botines que le apretaban el corazón. Su nueva casa, y su nueva vida, estaban junto a la plaza de arriba y yo automáticamente me imaginé que el día en que Paco le tuviera que decir a alguien '¿existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar lo nuestro?' podría salir corriendo de su piso y sentarse en esa fuente de agua sucia para pedirle a un yonki que le ayude a quitarse los botines porque le oprimen demasiado el corazón. Me hacía mucha gracia esa situación porque Paco es también el nombre del marido de Leo, el culpable de que la guerra que se vive en casa sea mucho peor que el conflicto de Bosnia donde él huye para no tener que enfrentarse a su mujer.


Al cabo de medio año de aquella llamada, yo acabé viviendo ahí también. No fue nada premeditado, fue pura casualidad. Un día paseaba a mi perro por la zona y acabé sentándome en esa fuente, a mí no me apretaban los botines, muy al contrario, todo había llegado a un equilibrio placentero que nunca creí que lograría. Pero fue sentarme en aquel lugar y sentir la falta de aire de Leo y de cualquier persona a la que abandonan, ese patetismo de salir a la calle y tener ganas de gritarle a todo el mundo porqué sonríe cuando tus tripas están reducidas a escombros. Y te enfadas porque hace sol y porque el mundo no se ha parado a pesar de que tu eje ya no gira ...


Leo Macías le pide a un yonki, que acaba resultando ser el hijo de una de sus mejores amigas, que le quite los botines que su marido le regaló porque ella sola no puede. Paco y yo pasamos el sábado por aquella plaza y él me la señaló, me preguntó si quería que me ayudara a quitarme los zapatos y poder respirar. Curiosamente, ese día yo llevaba unas zapatillas chulísimas Adidas de mi hermano que me regaló, me las pongo poco porque son medio número más pequeño que el mío y me aprietan un poco. Un dolor pequeño, casi imperceptible, que yo siempre tolero por la absurdez de lo bien que me quedan .... pero que, al pasar por delante de aquella fuente, creció hasta volverse insoportable. Y me sentí como Leo, con ganas de entrar al primer bar cañí del barrio para pedir un carajillo mientras Chavela Vargas canta en la televisión la desoladora 'En el último trago'. Y tuve que pedirle a Paco que sí, que me ayudara a quitarme los zapatos ...

A Paco no tuve que pagarle 5.000 pesetas por hacerlo, como Leo hace con el yonki. A Paco nunca tengo que darle nada a pesar de que él me lo da todo. Un poco más tarde, cuando los zapatos ya no apretaban, me tumbe en su sofá y le dije, 'Paquito, tú y yo somos como dos personajes de una peli de Almodóvar'. Él me miró, mientras tecleaba en su smartphone, y me dijo 'eso tú, yo estoy más entre uno de Julio Medem y de Bigas Luna'. Y nos reímos .... y el eje volvió a girar.