PELICULEROS

lunes, 23 de agosto de 2010

Sobre buscar piso y llamarlo hogar ...

Una de las películas que más gracia me hacía de pequeño era Esta casa es una ruina con Tom Hanks. Recuerdo verla miles y miles de veces y acabar siempre descojonado de la risa, aunque eso era antes de crecer y darme cuenta de que buscar un hogar era una cosa muy seria y que lo que le pasaba a Tom y su mujer en la película no tenía ni puta gracia.

Esta semana la hemos pasado entre carteles de "Se alquila" y puedo dar fe de que encontrar la que espero sea mi casa durante un montón de años ha sido toda una aventura, y lo último que espero es encontrarme con un hogar aparentemente perfecto que luego se cae a trozos. Prometo no volver a reírme nunca más cuando vea Esta casa es una ruina.

Como casi todos los de mi generación, me independicé por primera vez a los 18 años cuando entré en la Universidad y me tuve que mudar de mi pequeño pueblo gaditano de 5.000 habitantes a Málaga. Neli y yo éramos amigos de toda la vida y cumplíamos el sueño de irnos a vivir juntos al empezar la Universidad así que dimos saltos de alegría al encontrar un piso viejo, decrépito, adornado con muebles propios de Luis XIV, con un cuadro horrible de un caballo saltando un lago, y donde nada funcionaba como se supone que tenía que funcionar. Pero nos daba igual, era nuestra primera casa en la que no había padres, era nuestro primer piso de estudiantes.

Después he vivido con más amigos, en pisos más nuevos, más viejos, algunos con piscina, otros con cucarachas, unos pocos muy caros y otros más asequibles pero que acababan convertidos en albergues improvisados de amigos que convertían nuestra casa en un meeting point. Incluso llegamos a vivir, durante el tercer año de Universidad, en una casa de tres plantas al más puro estilo Amityville donde había algo extraño que merodeaba por la noche.

No es broma, lo juro. Un día Reme nos confesó en el desayuno que llevaba días sin poder dormir porque escuchaba alguien que se pasaba toda la noche caminando por el pasillo. Incluso una vez llegó a golpear en la pared y todos los poster de su cuarto se cayeron a la vez. Todos, sin excepción, yo mismo los vi al día siguiente en el suelo a pesar de que eran muchos y todos estaban pegados a la pared con masilla. No le quisimos dar más importancia hasta que nuestros amigos nos confesaban que si se quedaban a dormir en el piso de abajo, de repente les entraba un miedo irracional que no sabían explicar. Y para colmo, uno de los días que fuímos a pagarle a la casera, ésta nos dijo que se fue de aquella casa porque su hijo, que tenía retraso mental, tenía auténtico pánico a quedarse solo en la casa, hasta el punto de que tuvieron que dejarla y alquilarla. Para colmo, uno de nuestros compañeros nos dijo que alguien le tocó en la cara justo después de apagar la luz e irse a dormir. No hace falta que os diga que no duramos mucho en aquel acogedor hogar, por mucho que haya sido la casa más barata en la que he estado.

Después de aquello he pasado por muchos pisos más, prácticamente uno por año excepto en el mítico hogar de El Paseo de los Tilos donde probablemente haya pasado los tres mejores años de mi vida. Muchas casas más, algunas en Málaga y otras en Madrid. Algunas con muy pocos habitantes y otras que parecían sacadas de la película Una casa de locos y sus inquilinos Erasmus desatados.

De todos mis hogares guardo un recuerdo especial, algo que me marcó de alguna u otra manera. Pero creo que ninguno se puede comparar al que a partir de octubre se convertirá en nuestro primer hogar y del que hoy hemos firmado un papelito en el que se dice que ya es nuestro. Bueno, nuestro y de Pumba.

Como diría mi amiga Yaye, empieza una nueva etapa...


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