PELICULEROS

lunes, 19 de julio de 2010

Sobre cines de verano y sillas azules de hierro ....

Hace unas cuantas semanas, Nacho, uno de los siete protagonistas de Placer, estuvo de bolo con su obra de teatro en mi pueblo y me mandó unas fotos del "cine" donde actuaron. Lo de "cine" se le ha quedado al edificio por costumbre porque hace años que ahí no se proyecta una película, de hecho aún recuerdo la última, Payback con Mel Gibson.

Nacho me comentó que aquello parecía ¡Ay, Carmela! en pleno siglo XXI y yo no le quite razón pero también es verdad que al ver las fotos me vinieron un montón de recuerdos en forma de películas.

En Algodonales siempre tuvimos un cine de invierno y otro de verano. Realmente eran el mismo solar: una parte estaba cubierto, el cine de invierno, y la otra era al aire libre, el cine de verano. Cuando yo era muy pequeño se cerró el cine de invierno así que sólo me acuerdo del otro, del que abría desde finales de junio hasta principios de septiembre. Era un solar enorme lleno de sillas de hierro azules por lo que tenías que llevarte de tu casa un par de cojines si no querías que tu traseo sufriera las consecuencias de pasar dos horas aposentado ahí. Había vecinos que incluso se llevaban sillones y hamacas de su casa, sobretodo cuando se proyectó Titanic y nadie quería pasar por la tortura china de tres horas de las sillas azules.

Nosotros aprovechábamos los cojines para esconder ellos las chucherías que comprábamos en el kiosko de la plaza ¿Por qué? Pues porque a mitad de la película, los dueños del cine paraban la proyección y abrían el bar donde te vendían todo a cinco duros más caro de lo normal. Obviamente no te dejaban entrar con nada de fuera así que nosotros nos las teníamos que apañar para pasar de contrabando las bolsas de pipas o los bocatas que nuestras madres nos preparaban.

Tampoco era muy aconsejable ir en chanclas porque el suelo era de arena y, al volver de ver la película, tu madre te obligaba a meterte en la ducha para lavarte los pies antes de meterte en la cama. Y eso era un coñazo para un niño de nueve años.


Pero todas aquellas incomodidades nos daban igual cuando las luces se apagaban y sobre una pared gigante encalada de blanco se proyectaban los éxitos del año anterior, de las temporadas de otoño e invierno que en nuestro pequeño pueblo gaditano no veíamos hasta el verano. Películas que probablemente ya habían salido en vídeo pero que nosotros veíamos como si fueran grandes estrenos.

Además, mi casa estaba justo detrás del cine por lo que en verano siempre me dormía escuchando el sonido de la película que estuvieran proyectando esa noche.

Hace muchos años que el cine dejó de funcionar pero ese solar conserva aún las sillas azules de hierro y el suelo de arena para acoger obras de teatro, mítines políticos o la fiestas del pueblo de julio.

Cuando Nacho me dijo que había estado actuando en el cine de mi pueblo y me mandó las fotos, un bofetón de nostalgia me golpeó en la cara. Sí, aquello puede parecer ¡Ay, Carmela! pero mi educación cinematográfica no sería nada sin esas sillas azules y esos veranos llenos de películas del invierno anterior.

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