PELICULEROS

domingo, 15 de noviembre de 2009

Sobre llorar en el cine y en la vida real ....


El pasado miércoles pasé por taquilla en lo que fue un acto de estupidez absoluta e irresponsabilidad premeditada. Me refiero a que ver una película como Siempre a tu lado (absurda traducción para el tampoco muy original título de Hachiko: a Dog´s story) es un suicidio emocional para alguien como yo, que llora con cualquier cosa proyectada sobre una pantalla blanca pero más aún cuando se trata de la historia de un perro y su lealtad hacia su dueño. Vamos, que no debía haberme planteado ver esa película aunque sólo sea por el hecho de que aún no he podido subirme a Pumba a Madrid, que echo de menos abrir la puerta del piso y que venga a saludarte o que ponga su cabeza sobre tu rodilla y parezca que te entiende perfectamente. Pero como soy un masoquita de los sentimientos, allá que me fue directo a la sala donde ya sabía que saldría con los ojos como tomates y con el corazón encogido. Aunque sé que al menos le alegré la posterior Coca Cola en el Vips a Roberto, que me vio en mi estado más patético y triste de lloroso cinéfilo y sensiblón.

Como ya sabréis, Siempre a tu lado está basada en la historia real de un perro japonés, Hachiko, que esperó en la puerta de la estación de tren a su dueño fallecido día y noche hasta que murió. Una historia de esas que parecen sacadas de un mal programa de sucesos pero que a los que tenemos perro nos toca un poco el corazoncito. En la foto de abajo el Hachiko real:


Y vale, que la película es manipuladora hasta decir basta. Que busca la lágrima fácil de una manera un pelín vergonzosa. Que uno no sabe muy bien qué hace una actriz superlativa como Joan Allen en un producto así. Que a ratos parece mentira que el director de este almíbar envenenado sea el mismo de maravillas como Las normas de la casa de la sidra, ¿A quién ama Gilbert Grape? o Chocolat. Y todavía es más incomprensible el hecho de que la película no oculte para nada su condición de telefilme listo para emitir en la sobremesa de cualquier día de Navidad ... pero todo eso se le perdona por la catharsis de llorar libremente durante hora y media. ¿Por qué? En mi caso es muy importante hacer esto, más que nada porque en la vida real soy incapaz de llorar, no puedo soltar ni una triste y mísera lágrima pase lo que pase. Sin embargo delante de una pantalla de cine puedo berrear como un niño pequeño, puedo moquear y cualquier cosilla que le pase a los protagonistas me afecta muchísimo, como si les conociera de toda la vida ...

Y esto viene al caso también porque hoy Pili e Ismael han finiquitado A dos metros bajo tierra, cuyo apotéosico final yo ya vi hace unas semanas. Curiosamente no he visto la serie completa, sólo algunos capítulos sueltos y los tan comentados diez minutos finales de la serie porque ya me habían dicho, por activa y por pasiva, que eran una joya cinematográfica. Hace unas horas Pili me ha llamado por teléfono para preguntarme escandalizada cómo he podido ver el final y no tener intención de completar el visionado de la serie completa. Y yo simplemente le he contestado qué en la vida real no lloro pero que delante de una historia soy una Maria Magdalena de tres al cuarto. Parece absurdo pero no quiero meterme en una serie de cinco temporadas, encariñarme con los personajes, sentirlos parte de la familia y luego llegar a un final como el de A dos metros bajo tierra y pasarme varios días con un principio de depresión agudo. ¿Por qué digo esto? Porque ya sufrí lo mío después de seis temporadas de Dawson Crece; y es que no mola nada madurar un poco a la vez que sus repelentes pero entrañables protagonistas, cogerles cariño como si fueran colegas reales .... y acabar la serie con ese doble capítulo que es una puñalada a los sentimientos, con la declaración de Jenn delante de la cámara de Dawson y los dos rollos de papel higiénico que gasté viéndolo:


Soy raro, lo sé ... y ya me estoy preparando para cuando tenga que ver el capítulo final de Perdidos el año que viene. Sé que ese día me arrepentiré de haber visto la serie sólo por el pellizco en el estómago que me va a dejar el hecho de tener que despedirme de Jack, Kate, Swayer, Sayid and company. Si es que soy lo peor, siempre intento evitar el sentirme mal aunque eso signifique dejar de ver una serie.


3 comentarios:

estoy_viva dijo...

fui a verla y te puedo asegurar que me quede y deje a todos sin pañuelos menuda lagrimera que tenia, es una historia de la fidelidad que estos animales tienen ese lazo que ni la muerte puede romper.
con cariño
Mari

Alfins dijo...

Probando, probando: un... dos... tres.

Alfins dijo...

Estoy con Pili e Ismael. Y mira que para ser mi primer contacto contigo, me gustaría decirte hasta qué punto estoy contigo, pero que le vamos a hacer, la vida que no deja de darte sorpresas, el azahar (que es como una suerte de azar que huele mejor ;-). Que me pierdo. Ah, ya, QUE YA TE VALE TÍO!!!. No se le hace eso a una serie como "A dos metros bajo tierra" y luego va uno a ver al perro chino ése y al "chino" de su dueño, por mucho que uno sepa que está basado en una historia real y que conoce el desenlace de la misma. Bueno para empezar no me enrollo más. Volveré. ;-)

P.d. Me gusta leerte (llegué a ti a través de Fotogramas y de Roberto y su blog, QUÉ TÍO ROBERTO!!!), y lo poco que he visto de tu cine fue... un PLACER. Sé que tienes más cortos pero me da miedo verlos no sea que me enganche con algún personaje y luego... :-P